Esclava de sus 56 gatos

Abre la puerta del departamento y los felinos levantan sus orejas, enfilan los ojos, uno salta entre los anaqueles de la cocina, otro aparece por sus pies, un tercero, gris, saca la cabeza debajo de un mueble. La casa delata el secreto que ella guarda: muebles rasgados, pelos que forman un manto en todo lo que se toque, un florero quebrado, una mesa con señas de mordidas.
El aire tiene un olor rancio (pese a todo lo que ella se esfuerza limpiando) y al fondo, entre los estantes sobre el lavaplatos, se ve una colección de desparasitantes, medicina contra las pulgas, vitaminas, antibióticos, jeringuillas. “Todo eso es de ellos, lo único mío son unas pastillas para el dolor de cabeza que deben andar por ahí”, cuenta esta mujer de 40 años que prefiere ocultar su identidad y ubicación, pero que en un rincón de Portoviejo vive (y sirve) a sus 56 gatos.

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