Esclava de sus 56 gatos

Abre la puerta del departamento y los felinos levantan sus orejas, enfilan los ojos, uno salta entre los anaqueles de la cocina, otro aparece por sus pies, un tercero, gris, saca la cabeza debajo de un mueble. La casa delata el secreto que ella guarda: muebles rasgados, pelos que forman un manto en todo lo que se toque, un florero quebrado, una mesa con señas de mordidas.
El aire tiene un olor rancio (pese a todo lo que ella se esfuerza limpiando) y al fondo, entre los estantes sobre el lavaplatos, se ve una colección de desparasitantes, medicina contra las pulgas, vitaminas, antibióticos, jeringuillas. “Todo eso es de ellos, lo único mío son unas pastillas para el dolor de cabeza que deben andar por ahí”, cuenta esta mujer de 40 años que prefiere ocultar su identidad y ubicación, pero que en un rincón de Portoviejo vive (y sirve) a sus 56 gatos.

En casa de sus padres, perros y gatos eran habituales, “pero en el patio”. Creció acostumbrada a ellos, pero recuerda que en la década de 1980, cuando tenía unos ocho años, tres gatos le cambiaron la vida. Eran recién nacidos y huérfanos de una gata que murió envenenada. No tuvo corazón para dejarlos.
“Pedí a mi mami leche de la de la casa para darles en las tetas de mis muñecas. Se salvaron”, recuerda mientras busca en su memoria los nombres. “Negro”, así se llamaba el más fuerte de los tres y el que más tiempo la acompañó. Fue el primero, pero luego vendrían, quizá, cientos.
Mientras vivió en casa paterna la vocación por salvar gatos fue a cuentagotas. Rescataba unos, otros se iban, salvaba aquellos, luego morían. Acumuló así amores y pérdidas de los que habla como hijos que ya no están: A Tomy lo hacía dormir con ella bajo un toldo para evitar a los mosquitos; Candy era tan tierna que le daba masajes con las patas. Cuando ya trabajaba, a Foffy lo debaja con una sobrina que le servía de niñera.
Tenía 28 años cuando construyó la primera jaula. Era una malla metálica con un plywood acomodado en el patio. Allí lograba meter hasta ocho gatos máximo. Pero no podía soportar verlos a la intemperie, a merced de la lluvia y el frío. Tiempo después la reemplazó con una estructura soldada que le permitió de lleno seguir su vocación de salvarlos.

Cuando construyó su casa, en el 2005, en la práctica fue como si la hubiera hecho para ellos. El cerramiento lo levantó pensando en que no escaparan, una losa se fundió en el patio para resguardarlos y las mallas se instalaron en dos plantas enladrilladas. Su vivienda se divide entre el área que ella habita (junto a los más pequeños
o enfermos) y un ala contigua que alberga a la mayoría.
“Primero fueron 15, luego 20, 30, 40… así siguieron aumentando, seguí rescatando más hasta los que somos ahora”. Saca cuentas y son 60 animales: Cuatro perros y 56 gatos, a los que hace mucho tiempo dejó de ponerles nombre. Aunque ha salvado a decenas jamás ha donado un gato porque considera que nadie lo cuidará como ella.

Los ingresos de esta mujer varían según las ventas que haga en su empresa. Pueden ser 300 dólares o si hay suerte mil. Pero los gastos no bajan. Calcula que mínimo 200 dólares se van en alimentar a los felinos. Pero este es sólo un efecto de la vida que lleva a espaldas de su familia, amigos, compañeros y pareja.
“No puedo hacer una reunión acá en casa, mire cómo están destrozados mis muebles -se desahoga- No me quejo pero es mi realidad, la que yo decidí. Es como si fuera su empleada, su esclava”.
Hace un par de semanas consiguió que le cobraran 100 dólares por esterilizar 17 gatos. Reconoce que “es nada” frente a la población que alberga. En las cirugías, ella estuvo allí, en vilo, como un padre en un parto viendo maniobrar al médico con sus suturas. “Yo le decía a la doctora: Así quiero coserme el corazón, para no sentir, para tener fuerzas para no continuar”, confiesa.


– ¿Qué va a hacer con su vida?, le pregunto.
– Eso es lo que no sé
– ¿Seguirá con esto?
– No lo sé, mi economía ya no me da, pero no puedo dejarlos.
– ¿Y si mañana le dejan unos gatitos en su puerta?
– Los cojo.

Nota publicada en El Diario el domingo 26 de abril de 2015.

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