Nunca abras la puerta a extraños

El sueño develó pocos detalles accesorios pero sí lo fundamental. Sé, por ejemplo que a los dos protagonistas los separan unos veinte años. Tengo también la certeza de que sólo uno reconoció al otro desde detrás de la puerta.

El más joven debía tener unos quince y estaba atareado. Algún asunto como ducharse, cepillar sus dientes, tener el desayuno entre manos lo complicaba cuando escuchó que alguien llamaba desde la calle. ¡Voy! gritó con mal humor adolescente, al fin y al cabo es una edad para comunicarse con monosílabos. Solucionó lo suyo y salió despeinado con cara de pocos amigos. Afuera en el pórtico lo esperaban dos o tres personas: uno conocido (quizá pariente), otro que intentaron presentarle y el tercero que no estoy seguro de que haya existido. Con el que tenía familiaridad intercambió saludos y supo que venía por algún asunto que no era trascendental pero tampoco efímero, digamos por ejemplo a entregar una invitación. El joven lo escuchó y le habló como a un funcionario y se planteó en la mente el dilema. Si fuera cortés los invitaría a la sala y brindaría -por lo menos- una atención fingida; pero no lo era, así que decidió seguir con el tema desde la puerta entreabierta. Pese a ello el conocido fue más atento y habló con cordialidad; preguntó por los de la casa, mandó saludos e incluso trató de presentarle a uno de sus acompañantes. El muchacho miró de soslayo al extraño y apuró un silencio que sonaba a punto final. Se despidieron con la mirada y el gesto de alzar un poco la mano. Allí fue que notó que el desconocido no le quitaba los ojos de encima. No le importó, cerró la puerta y regresó al interior. Fue también el instante cuando el sueño se volteó como un naipe y reconocí desde afuera aquel marco, la verja sin herrumbres, la madera del pórtico sin las polillas del tiempo, la calle de tierra de entonces, el aire que respiré hace dos décadas y a mi mismo tras la puerta. Me descubrí, más flaco y menos viejo, en ese trato áspero, en aquella mirada esquiva, en el gesto escueto. Estaba pasmado pensando en aquello y no podía dejar de mirar al que sabía que era yo. Lo seguí observando para saber si también él me reconocía. No lo hizo y sé que no le importó. Entonces desperté.

Un sueño de la madrugada del 6 de julio de 2015.

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