El banquete de los difuntos

Ellos sirven la mesa para sus muertos. Nota periodística realizada para Manavisión y El Diario La tradición sigue viva en la comunidad de Sancán del cantón Jipijapa en la costa ecuatoriana.

“Mis mayores me enseñaron que siempre hay que servirles. Ellos no más con el aroma, con el olor, comen cuando pasan”, explica Germán Figueroa de 84 años.

Cuenta, mientras ayuda a acomodar los platos, que cada difunto tomará de la mesa lo que más le guste.
Opciones hay para todos. Primero los niños y después los grandes. Empezando con comida dulce y la salada para el final.
Es el banquete que en comunidades rurales como Sancán de Jipijapa aún sirven durante casi tres días para conmemorar a los Fieles Difuntos.
Germán saca cuentas y recuerda que cuando era niño la tradición ya era vieja. En la actualidad su casa es una de las pocas donde la costumbre vive y ahora mismo mientras usted lee estas líneas él sigue con la mesa servida esperando a sus muertos.
“Aunque no tenga nada para brindar por lo menos agua hay que ponerles”, explica Nancy González de 46 años. Ella es sobrina de Germán y la artífice del rito puesto que todas las preparaciones salen de sus manos.
Primero cubre la rústica mesa de madera con un mantel, coloca una cruz en el centro, deja servido un vaso con agua y luego de a poco acomoda un festín de platos que cocinó en su horno de leña y ollas de barro.
La mesa de los difuntos se pone a la medianoche, apenas inicia el 1 de noviembre, y va en principio dedicada a “los angelitos”, es decir los niños que han fallecido.
Bollos dulces, galletas, mermelada de camote, dulce de guineo maduro, rosquitas, postre de papaya y otros manjares son los primeros en ocupar la mesa.
“Es que es como los vivos, a los niños siempre les van a gustar más lo dulce que lo salado ¿o no?”, reflexiona Germán con toda lógica.
Desde temprano en la víspera de los fieles a la mesa se suman las preparaciones saladas. Bollos de plátano y maní, greñoso, tortillas de maíz y yuca, “tambores de yuca” (una variante de los bollos), café, agua y hasta aguardiente se pone para que los difuntos mayores pasen y tomen lo que les guste.
“Yo no sé cómo es. Mis mayores decían que no es que comen sino que no más con el olor ya a ellos les basta”, narra Germán.
Y como en un suceso místico la comida de verdad desaparece. Conforme llegan visitas en el feriado de los fieles difuntos se les va brindando algo. Nadie se va de casa sin comer.
“Ahí queda servido para vivos y muertos”, ríe Nancy al explicar que al mediodía del 3 de noviembre, cuando acaba el rito y se recogen los platos, ya casi nada queda. Si algo sobra se regala a quien lo quiera.
Nancy es poco optimista y cuenta que todos sus hijos son varones y no han aprendido el arte de cocinar este banquete para los fieles, por ello medio en serio medio en broma dice que no tendrá quien le prepare la comida cuando ella ya no esté en este mundo.
Germán en cambio lo da por hecho. “Es que tienen que hacerlo”, sentencia bromeando y es como si se imaginara a si mismo volando sobre la mesa servida, aromada de comida hecha en leña.
¿Y por cual iría primero? No lo sé, todo lo que me gusta, creo que el bollo ¿Y el aguardiente? ¡También!.

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