El Aprendiz

El 21 de febrero del 2006, hoy hace diez años, llegué por primera vez a la redacción de un periódico. Hablaban de todo, planificaban mil temas, entre bromas discutían desde lo trivial hasta lo que remecía el acontecer local. Vi por primera vez el vértigo con el que se construye un diario.

Kepler era el editor y luego de presentarme rápidamente como el nuevo pasante, le pidió a Miguel Erazo que me tomara bajo su ala. “No se aleje de él”, fue el único consejo que recibí.

Algo sabía de cómo hacer periodismo, al menos en teoría. Un año atrás, mi primer profesor -Fernando Pérez- en el primer día de clases había dicho una lección que jamás he olvidado: “En periodismo la única regla es que no hay reglas”. Puesto contra las cuerdas de la realidad sabía que debía empezar por verlo y anotarlo todo. Salimos a la calle y el estreno fue una discusión del cabildo municipal, una polémica por el cobro de tasas en una parroquia. Encendí mi grabadora y empecé con mis apuntes, al rato busqué a Miguel y ya no estaba. Sentí terror: primer día en el periódico y había incumplido la única instrucción. No tenía más que una nota, algunos datos y más preguntas que respuestas.

Derrotado regresé a la redacción. Kepler, sorprendido al verme tan temprano, le dio un giro a los hechos, como siempre. Me hizo revisar mis apuntes, escuchar la grabación, construir una noticia, ver los vacíos informativos que tenía, completarlos. En fin, hacer mi trabajo. De aprendiz fracasado pasé a novato redimido y con ganas de más. Al día siguiente, en la edición del 22 de febrero de 2006, salió una noticia corriente y cotidiana para muchos pero imprescindible para mi. Por primera vez algo que había salido de mis dedos, y con mil correcciones de Kepler estaba allí, impresa en miles de ejemplares. Una década después siento el mismo vértigo, la misma desolación por las noticias que me importan y que trato de perseguir como algo vital. Intento de ser una y otra vez el mismo aprendiz en el mejor oficio del mundo: el periodismo.

Y si ahora piso esta trampa de la nostalgia y cuento todo esto es solo para agradecer a quienes conocí y aprendí en este viaje, en especial a mi maestro Kepler Rivadeneira. Y porque ahora mismo tengo a un gran amigo, periodista y fotógrafo, José Diego Delgado Mero, en una cama de hospital desenfocando la imagen de la desgracia, y a quien espero con muchas ganas para ir a hacer los más grandes reportajes y fotos hasta el fin del mundo.

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