Felicísimo murió de soledad (Parte I y II)

Parte I

Cuarto 5, cama 4 del hospital: Felicísimo lleva allí seis meses sin ninguna visita. Es su hogar desde que su casa se quemó.

Tiene 86 años y pocas fuerzas. Habla con dificultad y como apagadas salen las palabras de su boca que a ratos dibuja una sonrisa, especialmente cuando recuerda la guitarra y los bailes.
La imagen lo alegra. Brillan sus ojos.  Felicísimo Tubay Suárez se ensueña y parece ir de la cama del hospital Verdi Cevallos hasta las fiestas que animaba con guitarra en el cantón Sucre. De eso vivía. Ganaba algo cantando en cada festejo y la guitarra era su segunda mejor compañía. La primera era un perro.

>Desgracia. “Perro, así no más le decía. No tenía nombre”, balbucea.
No sabe nada de él. Dónde está, qué le pasó. Piensa en el perro y el incendio ocupa su mente. La casa de caña que compartía con su mascota. En la  vía a Sucre, a mano izquierda. No da más detalles.
En un platillo una pequeña vela encendida (“era así de chiquita”, saca un dedo desde abajo de la sábana) y luego una nube negra que lo colma todo.
“No sabía qué pasaba, sólo vi la humazón”, y de eso ya unos seis meses, el tiempo que tiene el hospital.

> Sobrinos. Sin casa, ni guitarra, ni perro ahora tiene medio año de cambiante compañía: el cuarto se llena y desocupa. Pacientes y sus familiares llegan y se van. Enfermeras y doctores rotan por turnos. Él se queda, no tiene a dónde ir.
Lesiones cubren tramos de su piel y en el hospital están pendientes de que se hidrate, que coma. Alguna vez alguien lo ayudaba a pararse y que caminara un rato. Se ponía muy contento, cuenta la familiar de un paciente.
“A veces hay que comprarle medicinas que no dan aquí. La gente recoge y alguien va a la farmacia”, confiesa  un enfermero que lo confirma, no ha visto llegar a ningún familiar.
Felicísimo calla cuando se le pregunta por ellos.  Se sumerge en un profundo silencio. Parece que no escucha. Quizá no recuerda. El brillo de sus ojos se pierde en el tumbado cuadriculado de la habitación.  Hace un sonido que suena a palabra, a quejido.
Al rato cuenta que tiene sobrinos en Manta, unos en Sucre, otros en Portoviejo. También un hermano pero sabe que no vendrá: “Está más viejito que yo”, vuelve a reír. Cambia de tema e interroga al reportero: “¿a usted le gusta bailar?”.

>Soledad. María Rosero lleva un mes acompañando la convalecencia de su esposo en la cama de a lado. A ratos va y se suma a ayudar a Felicísimo. Le da colada, conversa con él.
Ella es testigo de sus cambios de ánimo: “Hay días en que está alegre y conversa. A veces está callado y de mal humor. No dice nada ni quiere comer”.
María se estremece al pensar en la soledad que debe sentir y pide que algún familiar se acerque.
La mujer cuenta que se alegró mucho el otro día cuando encontró que un señor hablaba animado con Felicísimo. Lo vio ahí acompañándolo y sintió una gran alegría de ver como ambos recordaban cosas. “Pensé que era un familiar pero no. Era un paciente que había estado aquí meses atrás y pasaba a saludarlo”, comenta.

Publicado en El Diario el domingo 27 de marzo de 2016. Foto de Rubén Mendoza.

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seis meses sin una visita

Parte II

Gastón vio cómo su compañero de habitación, justo frente a su cama, se apagó de a poco hasta fallecer la noche del domingo.
Gastón Zambrano recuerda que desde las cinco de la tarde se complicó, incluso alguien alcanzó a traer un pastor que acompañó sus últimas horas. “Como a las siete murió ahí, acostado en su cama como si se quedara dormido”, cuenta.
Así dejó este mundo Felicísimo Tubay Suárez, de 86 años, quien tras un incendio terminó en el hospital Verdi Cevallos y permaneció casi seis meses sin ningún familiar que lo acompañe o por lo menos visite.

>Sin esperanzas. “Murió de soledad”, asegura una enfermera que lo conoció y que junto a más personal y familiares de otros pacientes asumieron su cuidado.
El doctor que lo trató usa un término médico: depresión.
Roddy Saltos, geriatra, cree que Felicísimo “perdió las ganas de vivir”.
No comía, se quitaba la sonda por la que trataban de alimentarlo, aunque podía (y debía) acostarse en distintas posiciones por las heridas de su espalda prefería estar inmóvil. “A ratos se ponía la sábana sobre el rostro”, menciona el médico y reflexiona: “en ocasiones, más que medicina se necesita compañía”.
Recuerda que meses atrás un enfermo joven que esperaba una cirugía fue su mejor amigo. “Con él hasta volvió a caminar. Luego ese paciente se fue de alta y volvió a estar solo”, dice.

>Morgue. Inés Quiñónez, trabajadora social del hospital, confiesa que ha sido el caso más dramático que  muchos de los que asisten. “Llamábamos a los familiares y decían que sí iban a venir, pero no llegaron. No se pudo conseguir un cupo en el asilo por su estado”, indica.
Cuando murió no pudieron contactar a nadie, por eso su cuerpo terminó en la morgue del centro forense de Manta.
El lunes que llegó un pariente dijo que iban a hacerse cargo del cadáver.

>Futuro. Gastón Zambrano se entristece hasta las lágrimas por su compañero de habitación, pero también por él mismo. Tiene 68 años, un derrame cerebral, diabetes, es viudo por tres ocasiones, no tiene hijos, vive solo en la localidad rural de Boyacá de Chone y una ahijada es su única compañía a ratos. “Es muy dura la vida”, dice entre sollozos.

Publicado en El Diario el miércoles 30 de marzo de 2016. Foto de Rubén Mendoza.

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murio de soledad

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