Vigilantes en las tinieblas

El secreto para dormir en un carro es el cambio de puesto: del asiento del chofer al del copiloto, después al asiento trasero. Avanza la noche y Alejandro sabe que es su única alternativa. Si se queda sentado en un solo lugar sus pies amanecerán hinchados y doloridos. Le pasó los primeros días. Nadie imagina que hará de su carro su casa.

Alejandro no es su nombre. Pide usar otro porque teme que lo identifiquen y esto le traiga problemas en el trabajo. Lleva más de un mes viviendo dentro de la “zona cero” en su vehículo, con su madre y a lado de su casa.“No puedo irme. La casa no se cayó ni nada. Sólo hay que repararla. He sacado algo, pero aquí tenemos casi todo”, cuenta en una helada madrugada entre la oscuridad en la que se ha sumergido el corazón de Portoviejo.

La zona comercial de la capital manabita luce por las noches una imagen apocalíptica. Los escombros parecen más lúgubres, el viento sopla gélido moviendo persianas de las casas y oficinas ahora abandonadas, los ruidos entre las tinieblas recuerdan la muerte y destrucción que dejó el terremoto. A ratos un gato pasa de una vereda a otra, trepa una ventana, escala por los escombros y se interna en alguna edificación para la que ahora tiene total acceso. A lo lejos los motores que dan electricidad a enormes reflectores crean un zumbido monótono.

Lo que en el día es una zona de intenso trabajo de demolición en la noche se sumerge en sombras. Los únicos que quedan aquí son los que cuidan esto. Ciudadanos que han decidido quedarse dentro o junto a sus casas y militares de Fuerzas Especiales a cargo de la protección de todo el perímetro. Estos últimos se apertrechan por las calles vacías, a un costado de las cercas de protección, esparcidos por los restos que parecen de una guerra.

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El 15 de marzo, casi un mes antes del terremoto, el paracaidista David Pepinós ya había visto muy de cerca la cara a la muerte. Esa tarde, el avión que partió antes del que él debía tomar se estrelló con 22 colegas militares. Su misión inmediata fue participar en el rescate de los cuerpos  de sus compañeros de Fuerzas Especiales. El 16 de abril la desgracia nuevamente lo convocó. Apenas sintió el sismo en Quito sabía que su unidad, la caballería blindada número 9 “Patria” de Latacunga, iba a ser llamada a actuar. Horas después ya estaba en Portoviejo, ahora con el saldo mortal del movimiento sísmico. “Era un caos, todos querían rescatar a sus familiares. Debimos poner orden y ser muy fuertes. Eran imágenes desgarradoras”, recuerda mientras patrulla el centro en la madrugada ayudado con un equipo de visión nocturna que le permite vigilar los sectores donde los reflectores no pueden llegar.

Gustavo Iturralde, comandante militar y responsable de la seguridad en la ‘zona cero’, también recuerda su impresión de ver un lugar que conoció mucho antes de  llenarse de escombros. Recuerda que con su padre, el recordado general Miguel Iturralde, vivieron en Portoviejo. De su niñez le vienen imágenes del centro lleno de gente, de sus casas tradicionales. Ahora confiesa que le causa mucha impresión ver la devastación, pero también recalca el pedido de confianza a la población. “El pueblo debe confiar en sus soldados, que hemos venido acá para proteger todo. Estamos aquí listos y preparados”, dice con un acento marcial.

De los cerca de 300 miembros de boinas rojas, como se conoce a las tropas de fuerzas especiales, en las noches más de 60 hacen guardia en toda la ‘zona cero’. Junto a ellos pocas familias aún permanecen dentro del perímetro  cuidando sus pertenencias. Todos coinciden en desmentir cualquier evento paranormal en el lugar. “Son los gatos”, recalca un vecino sobre lo que otros han dicho que son gemidos. En otro punto alguien observa una extraña forma producida por la luz y las sombras, al rato se entiende que es la luz de un reflector.  En el lugar no hay más fuerza que la voluntad de quienes siguen en el sitio decididos a proteger el corazón de la ciudad.

En la noche del terremoto, Alejandro ya había decidido dormir en su carro y sabía de los saqueos y la desesperación que se vivía. Se armó de un bate de béisbol y protegió su casa como lo sigue haciendo hasta ahora. Desde entonces no baja la guardia. Ya no lleva el bate en la mano, pero dice que seguirá allí porque es lo que tienen. Ha aprendido a dormir dentro de su auto y se ha acostumbrado a la incomodidad. “Solo me falta dormir en el portamaletas, pero no puedo, ahí tengo toda mi ropa”, bromea rompiendo con su risa el silencio de la fría noche.

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Nota publicada en El Diario el domingo 22 de mayo de 2016.

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