Yo no tengo alma de acero

La primera calle que Abril aprendió a reconocer por su nombre fue la Espejo. No importaba dónde estuviéramos, me repetía sin parar: ¡Papi, papi pasemos por la Espejo! Tenía dos o tres años y quedaba hipnotizada cuando divisaba un surrealista tacho gigante que desde de lo más alto de un edificio de cuatro pisos derramaba pintura anaranjada sobre la acera. Continúa leyendo “Yo no tengo alma de acero”

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