Atardecer de un ocaso crepuscular

Siempre he sido débil frente a los atardeceres. Nunca puedo dejar de contemplar uno que valga la pena. Soy capaz de deterner un viaje, correr a una ventana o a una terraza. Puedo hacerlo una y otra vez sin agotarme. Es como en aquel poema redundante que citan los Les Luthiers, un atardecer de un ocaso crepuscurlar. Continúa leyendo “Atardecer de un ocaso crepuscular”

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Basura, redes y hélices acechan a las tortugas marinas

“Rayada”. Ese nombre le pusieron en honor a los cortes que le dejó en el caparazón la hélice de un barco que le pasó por encima. A otra, que llamaron Nigua, una red se le enredó de tal forma en la aleta que terminó extrangulando su circulación. Debieron amputarla. Ana tragó por error un anzuelo que le rasgó el esófago. Sólo después de operada pudo intentar comer de nuevo.

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